viernes, 11 de enero de 2008

A MODO DE BIO-GRAFÍA

Nací en Valencia, en 1978, aunque he pasado la mayor parte de mi vida en Requena. Desde muy temprana edad he sentido predilección por las letras, aunque si tuviera que citar mi primer contacto con la poesía, creo que sería a través de los vinilos de Serrat, sobre todo “Mis poetas”, que mi padre escuchaba cada domingo. Sin saberlo, oí los versos de Miguel Hernández, Antonio Machado, León Felipe o Rafael Alberti antes de que pudiera leerlos: de ahí que siempre haya asociado música y poesía o que el poema se hace en la recitación y no en la escritura o en la lectura silenciosa. También le debo a mi padre que me enseñara a escuchar estas canciones, a desgranar el significado de cada palabra y a verlas en su conjunto para que todo tuviera sentido.
De mi madre heredé el gusto por la lectura de obras narrativas, el placer de que me contasen historias, y la consideración del libro como un bien precioso, más allá de su valor literario. Aprendí a vivir entre libros, casi siempre los mismos, a verlos, tocarlos, abrir sus tapas, el olor del papel, el tacto de la palabra impresa, la caricia de marcapáginas que te acerca al capítulo siguiente. Aprendí a usar el libro, pero también cómo deberían usarlo otros y quiénes eran sus usuarios habituales sin necesidad de verlos leer o hablar con ellos sobre literatura.
“El colegio poco me enseñó”, decía Fito en una de sus letras, hecho que lo podría haber delatado como mi compañero de pupitre. “Poco” significa lecturas obligatorias (secuencializadas, adaptadas, falseadas), lecturas para niños, “Barco de Vapor” y la firma de Antonio Machado dibujada por primera vez en la pizarra. Aquellos versos ya no eran de Serrat, sino de un hombre que llevaba demasiados años muerto, ni mi padre era el único que conocía el significado de aquellas palabras, sino que había un interpretador a sueldo que también las conocía, un extraño que también participaba del secreto y que, además, debía revelárselo a otros, no sólo a mí. La poesía fue perdiendo su aliciente de misterio hasta que degeneró en deber escolar.
Durante la educación secundaria prácticamente dejé de leer. La asignatura de Literatura era un largo inventario de muertos y de hechos olvidados que no significaban nada para mí, porque sentía que, de alguna forma, no me pertenecían ni me ayudaban a comprender mejor el mundo en que vivía. La poesía ya no era un deber escolar, sino una víctima esporádica de esta maraña de nombres.
No fue hasta el final de esa etapa cuando descubrí que tenía cierta habilidad para escribir, aunque fuera de oído, pues aquellos textos sonaban bien cuando los leía en voz alta. En ellos no sólo había ecos de Literatura, sino también de letras de canciones (en especial de Extremoduro y Héroes del Silencio), de películas, series televisivas y momentos vividos. Me influían, creía yo, porque aún no tenía suficiente bagaje literario; pero más tarde, comprendí que era un primer acercamiento a la ruptura con los convencionalismos poéticos (temáticos y de género). De hecho, esta ruptura pasaba por ser del todo necesaria si quería que la poesía recobrase su significado y que se dejara tomar con mi propia voz (una voz nueva, recién estrenada, aunque sonara, por momentos, como la de algún muerto), pues sólo con ella podría explicar un mundo que no sabía someterse a corsés estéticos.
Cuando ingresé en la Facultad de Filología no sólo escribía de manera habitual, sino que había recuperado el gusto por la lectura. Bien es cierto que regresé al hábito como lector que escribe y no como lector ocioso ni diletante, en busca de palabras nuevas, argumentos, vidas que incorporar a mis escritos. Eran lecturas desordenadas, sin una lógica interna que las rigiese como proyecto, tan sólo la disponibilidad del libro en ese momento; de esta forma leí las obras de Orwell, Julio Llamazares, Nietzsche o Jorge Edwards, entre otros. No fue hasta el segundo cuatrimestre de aquel primer curso cuando experimenté una nueva forma de leer, condicionada por las asignaturas de Literatura, que se solapaba con la antigua, hasta colapsarla en los últimos años de carrera. Esta obligación de leer muchos libros en poco tiempo, sujeta a calificación por un examen de lectura o un trabajo de investigación, me enseñó a hacerlo como filólogo. Aprendí que el principio rector de este tipo de lectura es que no hay ningún elemento en la obra literaria por capricho, ni personajes innecesarios ni palabras azarosas; todo responde a una finalidad, ya sea la expresión de una idea o la manifestación de una determinada estética. Por tanto, el trabajo del filólogo es interpretar la función que realiza ese elemento en el plan maestro de la obra literaria. En otras palabras, el filólogo debe volver sobre los pasos del escritor, reconstruir el proceso de escritura desde el texto acabado hasta identificar la idea de la que partió. Este punto de inflexión, donde lectura y escritura convergen, supuso el afianzamiento de mi vocación de escritor, lector y filólogo, además de determinar mi futuro profesional.
Sin embargo, la formación universitaria habría sido del todo insuficiente si desde un principio no hubiera entablado amistad con Pini, Sergio, Pablo, Jorge, Esteban, Raúl o Cristina, mis compañeros de Laura y el perro de Ábalos. Antes de que constituyéramos el grupo ya sabíamos de los textos que escribía el otro, hablábamos de libros y autores que no se incluían en los contenidos de la carrera y los recomendábamos entre nosotros. Fue el comienzo de un aprendizaje literario autónomo y paralelo al que se desarrollaba en las aulas, marcado por la libertad de criterio y la cooperación desinteresada. Aunque se engendrara en las entrañas de la misma universidad, jamás dependió de ella económica o académicamente hablando, ni siquiera cuando formamos el grupo poétiko, hecho que me hace sentir orgulloso de esta experiencia. Lo habitual era mendigar una subvención al vicedecano, siempre con la excusa de una publicación, o la inclusión en un taller literario homologado como asignatura de la Facultad. El espíritu crítico, bohemio, a veces canalla, de este grupo de amigos no se vendió nunca por dinero ni por créditos, ni tan siquiera agachó la cabeza ante el paso de los catedráticos. El servilismo que practicaban otros era incompatible con nuestra idea de la poesía y de la literatura.
La formación de Laura y el perro de Ábalos fue el paso siguiente. Aunque todos la recordamos como un hecho espontáneo, casi accidental, con los años he llegado a comprender que fue inevitable. Las circunstancias que he comentado antes me avalan: todos nos conocíamos desde un principio, por tanto sabíamos que los demás leían y escribían con más o menos asiduidad, además de la adquisición de una formación académica semejante, que siempre servía como aglutinante, y todo esto sin contar con los dos grandes lugares comunes: Mislata y el bar de la Facultad de Filología. Cabe objetar que Cristina y Esteban cursaron estudios diferentes, pero también es cierto que durante años asistieron junto con Pini al taller de poesía que coordinaba Pere Bessó en Mislata, y cuya influencia tanto se dejó sentir en el grupo. Yo mismo la acusé a través del descubrimiento de los poetas malditos, desde Baudelaire hasta L. M. Panero, por citar un ejemplo, que oscurecieron aún más mis producciones. Por tanto, también fuimos hijos naturales de la poesía de Pere Bessó, aunque a él no le agrade la idea. Pero ésta no fue la única deuda que tuvimos con Mislata; también fue la población en la que celebramos gran parte de los recitales, incluido el primero, cuando todavía no teníamos nombre. Fue en el IES La Morería (véase el apartado de “Maldiciones”), que nos brindó la oportunidad de actuar en su semana cultural y de repetirla, de manera más antipedagógica si cabe, en el Día de la Mujer Trabajadora. Me ahorraré los detalles de estas intervenciones para citar otros lugares de la misma localidad que nos acogieron, como el centro social “La Chicharra”, las dos bibliotecas municipales, la Casa Sendra o el IES nº4, donde recitamos por última vez. El resto se celebraron, mayoritariamente, en la Universidad de Valencia, sobre todo en las facultades de Filosofía (gracias a Esteban), Filología (gracias a Jorge) y Psicología; también fueron objeto de nuestras actuaciones la Universidad Politécnica de Valencia (Facultad de Bellas Artes) y la Universidad de Alicante (a través de la Asociación Dánae-Alacant).
Los veintitantos recitales me convencieron no sólo de que la poesía se hace en la recitación, sino de la necesidad de un espacio versátil en el que pudiéramos dar a conocer nuestros textos sin forzar la voz. La respuesta fue la creación de una página web, sugerida por Cristina Muñoz, entonces vinculada al grupo, pero sin ser parte integrante. Una vez estuvimos todos de acuerdo con este proyecto, diseñamos los apartados fundamentales, en principio, a imagen de una revista electrónica, y designamos a un gestor. El primero fue Pablo, pero renunció al poco tiempo en favor de Jorge, que se responsabilizó de ella hasta la disolución definitiva de Laura y el perro de Ábalos. El contenido de la web no se limitaba a nuestros textos de creación, sino también a aquellos que expresaban ideas relacionadas con la literatura, como editoriales, artículos de opinión, trabajos de investigación realizados en la Facultad, noticias culturales, reseñas sobre libros, listados de libros recomendados (o no recomendados), colaboraciones externas al grupo... Eso sí, entregados con la mayor irregularidad posible. También se rendía cuenta a los autores consagrados cuyos poemas utilizábamos para nuestros recitales, normalmente, en forma de dossier que aunara vida, obra y textos más representativos, siempre bajo el epígrafe de “Autor del mes”. De esta tarea se encargaba Jorge, tras previa consulta al grupo, en la mayoría de los casos. También fotografiaba o filmaba gran parte de los últimos recitales para, más tarde, colgar las imágenes en la página web. Otras veces era su hermana, Rebeca Tomillo, quien sostenía la cámara; aunque si en algo le estamos profundamente agradecidos es en el diseño del logotipo (sí, el que has visto en la portada, lector) y en la confección de muchos de los carteles que promocionaban nuestras actuaciones.
El tercer proyecto que caracterizó a Laura y el perro de Ábalos, además de los recitales y la página web, fue la grabación de algunos de nuestros poemas en compact disc. Las voces de Sergio, Esteban, Raúl, Pini, Cristina, Jorge y la mía propia quedaron atrapadas como audiolibro gracias a la paciencia de Bernat Martí y a su buen hacer en limpiarlas de respiraciones y suspiros involuntarios. El resultado fue más que digno, sobre todo si tenemos en cuenta que éramos los únicos responsables de su edición, financiación y venta. De hecho, fue una propuesta de Jorge como medio para recabar fondos para el grupo, ya que la publicación de un libro resultaba más costosa. La acogida fue excelente entre nuestros amigos, familiares y demás incondicionales, pero no sabemos todavía cómo reaccionaron aquellos que compraron el disco sin conocernos muy bien y que cometieron la imprudencia de escuchar la pista oculta que incluimos...
En resumen, Laura y el perro de Ábalos apostó por la provocación y el arte en libertad, sin pretensión alguna, para implicarse después en proyectos más elaborados que le restaban espontaneidad y cierta dosis de rebeldía.
A partir del último año de carrera y hasta el final definitivo del grupo poétiko, peregriné por distintos talleres literarios de cuento y poesía. En un principio me impulsaba el deseo de conocer otras maneras de entender la literatura y no el de aprender contenidos nuevos; más tarde, tras licenciarme y comenzar a estudiar oposiciones, también me sirvió para recuperar el lado más ocioso de la poesía y llenar el vacío que sentía como estudiante sin aula. Es cierto que todavía formaba parte de Laura y el perro de Ábalos, pero mi militancia se me antojaba cada vez más una obligación y menos una afición. De hecho, fui perdiendo el gusto por los recitales, aunque intentara paliarlo con la propuesta de tertulias literarias y demás proyectos fracasados. El mayor inconveniente era que seguía leyendo y escribiendo, sobre todo prosa narrativa, a pesar de que no encontrara un motivo nuevo ni definitivo. Estos talleres literarios se convirtieron en una solución transitoria, que en ocasiones me daban la oportunidad de publicación, pero no una perspectiva de futuro. El único, y más importante, que funcionaba al margen de esta dinámica, era el taller de poesía de la U.P.V., coordinado durante cada curso por Elena Escribano. Allí no sólo encontré un enfoque distinto, sino que descubrí el rostro más humano de la poesía: era el del poeta novel que asistía regularmente y no el del poeta consagrado que invitaban cada trimestre. A este último no le temblaba el pulso cuando sostenía el papel, ni se le enredaba en la lengua ningún verso, ni sabía más de él de lo que querían decirme sus libros. Yo me sentía más identificado con los que no hallaban la palabra perfecta, pero cuyos textos hablaban de sentimientos cotidianos.
En la actualidad doy clase de Lengua Castellana y Literatura en el IES de Turís. Mi trabajo es procurar que adolescentes de catorce a dieciséis años lean y escriban con cierta corrección, soltura y orden. Sé que es una tarea complicada, tanto para ellos como para mí, pues el oficio de profesor puede parecer cómodo, pero en ningún caso sencillo. Día tras día me esfuerzo para que sientan los poemas de Antonio Machado cada vez más vivos o comprendan en qué les afecta hoy que Alfonso X fijase el uso de algunas letras a mediados del S. XIII. No sé si logro realmente estos objetivos, y a veces creo que no comprenden por qué me gusta tanto la literatura. Intento contagiarles este sentimiento de palabra, a través de lecturas voluntarias, el debate sobre los textos y las actividades de taller literario o de creación, porque así fue como llegué a encontrarle sentido a esta asignatura y a interesarme por la lectura y la escritura. Este texto también participa de esa voluntad, y espero que algún día caiga en manos de alguno de ellos, o de futuros alumnos, para que lleguen a gustarles tanto la poesía que, un buen día, por sí mismos, suban a un escenario con la intención de recitar un poema que explique el mundo que ellos viven. A todos ellos, van dedicadas estas palabras.
No quisiera despedirme sin antes comentar los textos que he incluido en este librito, aunque hoy los lea como si fueran de otro, pues los deseos y las fobias que los inspiraron caducaron hace mucho tiempo. Soy consciente de que la sensación que pueden causar al lector es de pesimismo, oscuridad y exceso retórico, sin citar algunos fallos de estilo, que he intentado corregir ahora en la medida de lo posible. También puedo comprender la sorpresa de encontrar en una publicación poética textos en prosa, fruto de la ruptura de géneros que explicaba antes, pues creo que la poesía reside primero en la intención y después en las figuras retóricas, especialmente en la metáfora. La métrica, en cambio, no hace al poema, aunque le aporte musicalidad; en cuanto al ritmo, la mejor manera de regularlo es a través de la puntuación, la sintaxis y el uso de conectores, oracionales o textuales, para que no desautoricen la escritura en prosa. Sobre los temas y estructura temática, reconozco que predominan el amoroso y el social o filosófico, apoyado, a veces, en la imaginería religiosa, las palabras de otros escritores y las referencias a canciones y a películas, como en el caso de “H. J. Wassermann”, inspirado por la película “La máquina del tiempo”, de 1960, y la figura del novelista que le da título al texto. Estos temas los estructuraba según los procedimientos de paralelismo y contraste, siempre en forma de gradación, para conducir al lector hacia un final climático o de máxima emoción.
Además, he intentado ordenarlos partiendo del más antiguo, “Recuerdos del líquido”, escrito en 1998, pero publicado en 2003, hasta el más reciente, “Costumbre animal”, ya de 2005. Dado que durante un tiempo tuve la tendencia a escribir breve, a imitación de Antonio Gamoneda, he decidido agrupar estos microtextos en un sólo, según criterios temáticos y cronológicos, bajo el título de “Sed de ti”.
Muchos van a ser los que quedarán inéditos, y es justo que así sea, porque su calidad, tema o fecha de escritura en nada se ajustan a lo que fue Laura y el perro de Ábalos. Duerman, pues, el sueño de los justos hasta que una nueva ocasión los requiera.

Del lector tan sólo me queda despedirme, y desearle una lectura sin prejuicios como única forma de disfrutar de estos textos.



Héctor Monteagudo Ballesteros,
en Valencia, a 16 de abril de 2007

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