viernes, 11 de enero de 2008

Textos para Laura y el perro de Ábalos


Recuerdos del líquido

Daniela, vorágine de sueños líquidos en un mar de dudas. La fémina del rosal que solloza flores rojas de la metafísica en el asfalto. Sí, tú, Daniela, la de los ojos azul sediento en este desierto humano, en esta hojarasca muerta de gentes ávidas de espíritu. Ahí va mi lamento...
Daniela, el sueño y la ensoñación del líquido, la dulce somnolencia que me rescata de la realidad tediosa de mis lamentos y de mis fobias contra el mundo. En ti todo se antoja delicioso y distinto. Hasta lo erótico cobra nueva significación para mí: tu sensualidad es verosímil y exquisita. Daniela, recuerdo gota a gota los besos que me diste, como los labios de coral fingido, como la pasión del silencio convertida en mujer.
Y después, te peinaba el cabello, como a una niña pequeña, cabellos de espuma, como de cerveza, como de lluvia muerta que no cesa...
Daniela, la ensoñación y la pesadilla del líquido, el reverso negativo del amor. Como un niño me aferré a tu falda a cuadros y a la sonrisa de los domingos y a los parques otoñales infestados de hojas muertas y poesía silenciosa. Hiciste de mí un amanecer de azufre, un títere sin cabeza al servicio de tu crueldad disfrazada de mujer y de sueño. Ahora soy yo el sonámbulo que limpia cada madrugada tu nombre con mi tristeza.

[Publicado en el nº12 de la revista “Náyade” de la Facultad de Filología de la Universidad de Valencia]


La pasión según Juan Cabrera

Ayer murió Juan Cabrera, olvidado, soltero, sin haber recibido los Santos Sacramentos. El entierro se celebrará esta tarde, a las cinco, y se prevé íntimo y escaso. La tierra cubrirá su cuerpo, si alguna vez lo tuvo, y su alma se reinventará en un ser nuevo que no haya comenzado a sufrir. Aunque Cabrera lo predispondrá, con toda certeza, para los martirios en su afán de ganar la canonización, el hueco privilegiado en catedrales e iglesias muertas.
Aquí yace muerto, a mi lado, ensangrentado en tinta Juan Cabrera. Tuve que matarlo, privarlo de la vida que le di, oscura, opaca, como la mía. Lo asesiné con estas manos, de dedos largos manchados de nicotina, aunque ahora huelan a tinta, la sangre de Juan Cabrera. Pero no siento arrepentimiento, sino paz: era mi deber: yo lo creé, nació de mí. Tampoco siento vergüenza, pues Juan Cabrera fue el estigma de mis pensamientos desde el instante en que nació, tormentoso y absurdo, casi por accidente. Ahora me mira con ojos de muerto, ojos huecos, y la boca abierta de dientes podridos dibuja la sardónica sonrisa de los perdedores. No es fácil ejercer de alter ego y jugar para ganar, y menos tú, Cabrera, que apostaste demasiado alto. No me arrepiento porque volverás bajo la forma del otro, del desconocido, aquél que tomará tu alma pero no tu rostro, roído ya por la muerte. Volverás y no querré encontrarte; te apartaré de mí (ya lo hice una vez) para evitar la repugnancia, el miedo de carencias que me inspiras…


Milagro agrícola (Ayer)

Ayer te vi paseando por el bosque de cerezos, absorta en tus meditaciones, cabizbaja y melancólica, como antes. Las cerezas caían maduras a tu paso, como obra de un milagro agrícola, y se pudrían y florecían en nuevos cerezos noveles cuando ya te habías alejado lo suficiente. Sentí temor, pero también sentí tu gracia que me tocaba desde lejos, como una caricia aureolada que fecunda almas y corazones áridos. En mi pecho, siempre yerto y sin vida, brotó de entre la carne otro cerezo, laureado y espeso, que florecía y maduraba sus frutos a medida que me acercaba a ti, lleno de gracia. Tú, cabizbaja y melancólica, extendiendo el bosque de cerezos hasta donde llega el mar.


H. J. Wassermann

Icaria no es esta ciudad; se precipita sobre las entendederas de los hombres durante la vigilia y devora su voluntad hasta reducirlos a abúlicos esclavos del instinto. El hombre retrocede a la condición animal, y ya no es hombre. Icaria es una fábrica de fieras, una planta de reciclaje del humano bestiario, la redención de la inteligencia en aras de una tabula rasa para la civilización hasta entonces precedente. Es el fin de la historia escrita; a partir de aquí no hay ni ayer ni mañana: sólo un hoy infinito. Icaria, granja maldita, contigo morirán las palabras y un poco de mí también. Primero olvidaremos la escritura; después el habla; por último las ideas. Aprenderemos a no aprender; a desaprender lo aprendido.
Icaria sí es esta ciudad; se agotaron hace mucho las entendederas, pero los hombres son felices en el cómodo sueño de la ignorancia; nuestras vidas son tan simples como un alfiler. Abomino de Icaria y del doctor Wassermann, aquél que era antes. Yo ideé y construí Icaria, y ahora, prisionero de sus efectos, de esta estupidez narcótica y del imperativo de los instintos, me abandono definitivamente a la suerte de la abulia y de la amoralidad.
Icaria no es ninguna ciudad; la humanidad es una piara inmensa que copula y husmea tubérculos para sobrevivir. Wassermann es uno de tantos nombres olvidados a lo largo del hoy infinito.


Sed de ti

Mis dedos calcinados acarician el vacío sedientos de ti. Tu invocación desfigura mi boca amarga. Mi alma despellejada vaga errante a través del silencio, como alma en pena, como espectro castigado en amores que no halla descanso en las noches permanentes de tu ausencia. He sido engullido por las sombras y por los días nonatos, que no amanecen, que temerosamente se burlan de mí agazapados en algún lugar del otero. Mi lamento es el de los dioses menores, dioses muertos, castigados con tu indiferencia punitiva, en tu mirada de hielo gris que congela el tiempo, que desgarra a jirones el recuerdo de los años felices. Y siento en el estómago la eclosión de los huevos de serpiente que tú desovaste al calor de la vergüenza ajena. Y sufro los tábanos negros que devoran el entendimiento y que, anidados en tus besos, revolotean hoy como hijos del deseo oscuro.

Amamantarás mi ira con tus pechos secos, pálidos ya de sustancia, y tus besos serán huérfanos de labios que compitan con los míos. Morirán contigo las luces del pasado para que se asienten, sobre tu cuerpo, las delicias de la tiniebla urbana, y tu vientre, ahora macerado, sufra el castigo de vientos hostiles. Aunque antes parirás, lo sé, bastardos sin cabeza, sin nombre, sin cuna para apropiarse, sin sangre que honre la tuya; sólo veneno en sus venas.

Y preguntarás por qué te odio, por qué cebo mis palabras con tanto rencor antiguo, con tanta desesperación caduca, florecida en hongos negros sin esporas; para ti, mis palabras se agudizan por cortar el aire que respiras. Te odio porque no te odio, porque de tanto odiarte te he olvidado, y en el olvido he dejado de odiar.


Jardines opiáceos

Raquel, doncella de sueños góticos, ninfa escurridiza de jardines opiáceos en la gran ciudad, carámbano femenil desde el tiempo amarillo, de ti sólo queda una sonrisa nostálgica tatuada en mi corazón.
Raquel, símbolo de pasión inflamable, ¿por qué mis manos no te olvidan y aún sienten tu cuerpo como un gozoso apéndice extirpado de mi alma? Es medianoche, hora de las sombras, del recogimiento y de la soledad (terrible enfermedad que devora y confunde mis pensamientos); el silencio reina, pero no gobierna; las palabras son mudas, apenas esbozadas por tus labios; tus labios, ya libres, buscan sendero hacia los míos; la mirada triste, espejo del recuerdo; las palabras ya no sirven, están obsoletas; mis manos, tus manos, tus labios, mi piel; un sueño, nada más que un sueño, una aventura apenas concebida a pie de página, con chorros de tinta roja que manan de fuentes estilográficas. Silencio. La travesía hasta tu sexo truncada por un manotazo invisible (tara del entendimiento). Te acaricio, y acaricio mil cuerpos femeninos, ondulantes, casi vivos. Es entonces cuando tu tacto es eléctrico, de seda conductora, que comparte con la humedad los beneficios del alumbramiento.


Costumbre animal

Morderse las uñas es un vicio detestable, un falso aseo, una costumbre animal. La mano busca la boca y el incisivo corta el tocino de la piedra, mutila el dedo antes que sea garra. No importa que coma la suciedad del día, que los microbios se ensaliven o que me lleve un pedazo de la uña buena, la que no es tocino: siempre tendré las manos bonitas porque nunca dejaré que sean garras. Después muerdo los pellejos que resistieron la dentellada, castigo la piel que empezó a aceptar el nacimiento de la garra, la escupo con la saliva y los microbios y esta suciedad del día que aún no me ha quedado entre los dientes.
Morderse las uñas es un vicio detestable, un falso aseo, una costumbre animal, me decían. En el colegio, la profesora me ataba las manos al pupitre para que no encontraran la boca, pero yo mordía al aire para morder las uñas de los demás, porque temía que sus apetitosas piedras atocinadas se curvaran en garra, que no tuvieran las manos bonitas, que reventaran el dedo en donde estaban engastadas.
Morderse las uñas es un vicio detestable, un falso aseo, una costumbre animal, me repetían, aunque sintiera la garra crecer, y el dedo deformarse, y mis manos ya no las viera bonitas, nido de microbios, suciedad de días y días, suciedad de mi vida entera, esa suciedad que se hace tocino y luego piedra, piel, pellejo que no muerdo, encía, diente en el dedo.

[Publicado en la revista “La bahía de los cocos”, número 15 de abril de 2005, bajo el seudónimo de “Carlos Wieder”]

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