domingo, 18 de mayo de 2008

"Decálogo del escritor", de Augusto Monterroso

Primero.
Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

Segundo.
No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.

Tercero.
En ninguna circunstancia olvides el célebre dictum: "En literatura no hay nada escrito".

Cuarto.
Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamas escribas nada con cincuenta palabras.

Quinto.
Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

Sexto.
Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

Séptimo.
No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta El Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.

Octavo.
Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.

Noveno.
Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

Décimo.
Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

Undécimo.
No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Duodécimo.
Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecera tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratara de tocarte el saco en la calle, ni te señalara con el dedo en el supermercado.


El autor da la opción al escritor, de descartar dos de estos enunciados, y quedarse con los restantes diez.

5 comentarios:

viernes dijo...

muy apropiado, sí señor, te robaré la entrada para el blog del insti... descentremos a los futuros escritores para que escriban centrados, :)

Héctor Monteagudo dijo...

Por la descentralización de los escritores centrados puedes robar cuanto necesites aquí, amigo Viernes. Más adelante publicaré el decálogo de Horacio Quiroga, que tampoco tiene desperdicio.

elisabet dijo...

jejejeje, ¿cuáles descartarías tú?

Héctor Monteagudo dijo...

Pues, fíjate, en principio no descartaría ninguna, porque el maestro Monterroso estuvo muy fino en todas ellas. Pero sí que me gustaría que la octava no fuera necesaria (en el fondo soy un idealista) y que la duodécima sea cierta (Dan Brown, Ildefonso Falcone y John Grisham la contradicen abiertamente o, en todo caso, demuestran que es una triste ironía). Ahora te devuelvo la pelota, ¿cuáles descartarías tú, Elisabet?

elisabet dijo...

mmmh, cierto lo de los dans browns de la puñeta... Pues yo descartaría la segunda parte de la undécima, que no me gusta un pelo. Y la cuarta... ay, es que los términos medios a veces son bonitos. Bueno, que la ironía es genial, viva Monterroso!

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