sábado, 23 de agosto de 2008

¿ES "EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS" LITERATURA JUVENIL? ( I )

Cuando elijo un libro para leer, no suelo dejarme llevar por las modas o las novedades editoriales, ni tan siquiera por la opinión de ningún crítico en boga. Prefiero seguir mi propio instinto, dejar que la curiosidad actúe por cualquier motivo banal, como la encuadernación, el título o el número de páginas. Aunque, también es cierto que juego con ventaja: la mayor parte de lo que leo suele ser comprado (sólo visito las bibliotecas cuando necesito alguna publicación muy específica que no se encuentra en el mercado o que supone un coste excesivo), fruto de una selección previa, meditada y mejor informada, donde la curiosidad trasiega por los caminos de la memoria. El niño con el pijama de rayas fue una excepción.

Si tuve alguna motivación concreta, personal, para leer la novela de John Boyne, creo que no la encontraría en el aburrimiento veraniego, la tremenda campaña publicitaria que le precede o las recomendaciones de compañeros y alumnos, sino en la frase (casi un eslogan) que cierra la contraportada: “Por último, cabe aclarar que este libro no es sólo para adultos; también lo pueden leer, y sería recomendable que lo hicieran, niños a partir de los trece años de edad”. Esto despertó mi curiosidad, porque planteaba el reto de comprobar que fuera cierto. Además, el hecho de estar destinado a adultos, cuando la edición era propia de la literatura juvenil, le añadía un oscuro atractivo. Leí con calma sus poco más de doscientas páginas. Durante dos días fui la sombra, aún más, la consciencia mutilada de Bruno, pues, como la mayoría de los lectores adultos, reconocía el contexto histórico y sus atroces consecuencias, pero no entendía cómo un niño de su edad no las percibía, hijo de un comandante nazi destinado en Auschwitz, para más INRI. En primer lugar, ni siquiera aludía a la II guerra mundial, a pesar de estar ambientada en la Alemania de 1942. Tan sólo hacía una breve mención sobre los soldados rusos que liberaron el campo de concentración en 1945, ya en el final, pero nunca durante la narración, ni de boca del protagonista. En segundo lugar, resultaba curioso que el personaje histórico de Hitler fuera renombrado como el Furias (cómica deformación de Führer), que Bruno sólo reconoce como jefe de su padre y no como el dictador nazi que gobernó Alemania en aquella época. Para un lector que ha vivido en un país de pasado totalitario, parece milagroso, por no decir increíble, que un niño de entonces fuera inmune a la propaganda oficial, presente en todos los hogares, escuelas y calles en forma de esvásticas, carteles y lemas belicistas. Tampoco es verosímil que un comandante del partido nazi no haya aleccionado a su hijo en los principios del odio ni en los valores de la ideología violenta, radical y absorbente que profesa. De hecho, no duda en trasladar a toda su familia hasta su lugar de trabajo, el epicentro de la vergüenza humana, a pesar de que los horrores derivados de sus actos se vean por la ventana de la habitación de su hijo. Ésta es, a mi parecer, la actitud de un fanático y no la de un padre protector que quiere aislar a su familia del terror que la rodea. En tercer lugar, no estoy de acuerdo en que la amistad entre Bruno y el niño judío sea un fin en sí mismo, ni siquiera el tema de la novela, sino un medio que posibilite el final, cuando el escritor da rienda suelta a los condicionamientos históricos que hasta entonces había retenido. Es más, seguramente partió de la imagen de un niño nazi que entra, confundido entre docenas de judíos, en una cámara de gas de Auschwitz; las páginas que le preceden deberían explicar cómo llegó a este momento climático. Para ello, eran necesarios tres elementos narrativos como el trabajo del padre, que lo sitúa en el espacio geográfico idóneo, la amistad con el niño judío y la ausencia de semejantes con los que jugar, que lo anima a traspasar las alambradas, y la inconsciencia del tiempo histórico en que vive, sin la que jamás se habría vestido con el pijama de rayas, ni habría perdido su identidad para ser conducido, como cientos de miles de víctimas anónimas, a las cámaras de gas. Por tanto, esta fábula se vale de elementos cada vez menos verosímiles que desembocan en un desenlace imposible, aunque imprescindibles desde el punto de vista de la lógica narrativa.



6 comentarios:

elisabet dijo...

uf, qué pereza me da este libro. me lo han recomendado hasta la saciedad y admiro que lo hayas leído para poder dar tu opinión y saber si vale la pena o no usarlo con adolescentes.
yo, lo siento, me rindo, no puedo.
pero leyendo tu crítica, mi conciencia queda más tranquila.
:D
besos

Héctor Monteagudo dijo...

Me alegra el poderte ahorrar una lectura mediocre (no me atrevería a decir que es mala, ni siquiera del todo prescindible). En la segunda parte de esta entrada, de hecho, hago un análisis un poco más positivo.
Espero que hayas disfrutado de las vacaciones, Elisabet. Josefina Aldecoa y Carmen Martín Gaite son garantías de calidad en la escritura.

Elisa Armas dijo...

A mí tampoco me gustó. Después de haber leído Si esto es un hombre es difícil creerse nada de lo que nos cuenta Boyne. Pensar que se pudiera entrar y salir del campo con esa libertad nos lleva a pensar que los que no se escapaban eran unos inútiles. Primo Levi sí que debería ser una lectura imprescindible para los alumnos de segundo ciclo de la ESO.
De todas formas, espero impaciente la segunda parte de tu reseña.

elisabet dijo...

Hola!
Elisa, yo también pensé en Levi pero, ¿la consideraríais una novela para la ESO? Mejor Bachillerato, quizás.
Por cierto, ¿conocéis el libro "El lector", de Bernhard Schlink (creo que se escribe así)? A mí me encantó, debería "postearlo".
Héctor, acabo de enterarme de que está en camino la peli basada en la novela de Boyne. A mí todavía me da más pereza así...
:D
Besitos

Elisa Armas dijo...

Elisabet, creo que sí, que Levi puede leerse en la ESO, al menos en cuarto. Hay que pensar que no todo el mundo hace bachillerato y en cuarto deberíamos seleccionar cuidadosamente las lecturas para aquellos van a dejar de cursar materias humanísticas. Es necesario abrir un camino para que, el que le interese, siga leyendo y que sean lecturas que hagan pensar.

Héctor Monteagudo dijo...

Bienvenida, Elisa. También opino que en una clase de 4º de ESO pueden haber lectores competentes que necesiten un reto como Primo Levi para mantener su interés por la lectura, aunque suelen ser los menos. Para mí el problema no está en la literatura para adultos, sino en los clásicos, que suelen despertar suspicacias hasta en este tipo de lectores, a veces de forma justificada.
Elisabet, sabía que Miramax estaba interesada en la versión cinematográfica del libro de Boyne. Probablemente será un despropósito muy rentable. Tomo nota de los títulos que recomiendas y subo otros dos: "Cuentos de humor y horror" de Saki y "De qué hablamos cuando hablamos de amor" de Raymond Carver.

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