jueves, 2 de octubre de 2008

Comentarios sobre la lectura y John Boyne (una vez más)

Entre los blogs que suelo visitar, se encuentra Darle a la lengua, de Felipe Zayas. Es un lugar de paso obligado para los que estamos familiarizados con la blogsfera educativa, pues ofrece entradas muy interesantes sobre el aprovechamiento de las TIC, experiencias educativas, información sobre congresos y recursos para Lengua Castellana y Literatura, en general. Su autor, además, no sólo es conocido por ser pionero en la aplicación de esta tecnología a las aulas, sino que es autor de varios libros de texto y de estudios teóricos sobre su enseñanza. En otras palabras, Felipe Zayas se ha convertido en un autor canónico, imprescindible para los que queremos avanzar en esta profesión.
El caso es que, ayer mismo, leí la entrada "¿Literatura juvenil para la clase de Lengua y Literatura?" en "Darle a la lengua", que trataba sobre la conveniencia de incorporar la Literatura Juvenil, y por extensión los "best sellers", a las lecturas de clase. Como ejemplo, Felipe Zayas recomendaba El niño con el pijama de rayas que, a su juicio, y sin haberlo acabado, no le disgustaba. Puesto que he tratado, largamente, ambos temas en "Aguja de marear", no podía resistirme a publicar un comentario. Lo cito aquí porque creo que es toda una declaración de intenciones y un resumen de mis creencias sobre la lectura. Espero que la última parte no se interprete como un encono hacia John Boyne que, por otra parte, estaría justificado.

Literatura comercial sí, pero no a cualquier precio. Hoy en día, si queremos fomentar la lectura por placer entre nuestros alumnos, debemos recurrir a la Literatura Juvenil y a los “best sellers”. Ya no vale aquello de que el alumno lee lo que el profesor ha leído o estudiado, por otra parte, muy alejado de su tiempo, lengua o conocimiento del mundo; ahora es el profesor quien debe leer aquellos títulos que interesan o pueden interesar al alumno. Por lo tanto, a nuestras tareas habituales de clase, se suma la necesidad de elaborar una lista de títulos lo suficientemente amplia como para dar de leer a todos en clase.
Esta lista debe ser abierta y flexible, y ha de conjugar lecturas obligatorias con lecturas voluntarias (la capacidad de elegir es un estímulo fundamental para el alumno), así como unos métodos de calificación y evaluación claros. En mi caso, la evaluación de las lecturas voluntarias suele estar asociada a proyectos de escritura (considero que lectura y escritura son dos caras de una misma moneda) y permite, a su vez, que el alumno recomiende nuevos títulos. También he dicho que es flexible, porque la autoevaluación de la lista es crucial para mantener los libros que han funcionado y desechar los que no han tenido buena acogida; este factor es necesario para dinamizar y dotar de variedad a nuestro plan de lectura, ya que está condicionado, a su vez, por la novedad y actualidad de los títulos.
Respecto a los clásicos, creo que no son necesarios en toda la etapa de secundaria y obligatorios en 1º de Bachillerato, siempre que estén debidamente adaptados. Para que su aprovechamiento sea efectivo, el alumno necesita de una serie de conocimientos previos, adquiridos durante la etapa obligatoria, a través de la lectura intensiva de fragmentos literarios, además de una serie de conceptos relacionados con las convenciones de los géneros, los recursos, características y marco histórico de la obra, que contribuyan a su madurez intelectual. También es necesaria una cierta madurez personal, dada por la experiencia vital, intransferible, para la adecuada comprensión de un clásico. Un ejemplo claro es el del “Lazarillo”, paradigma de clásico sencillo y accesible, que el alumno, en realidad, no llega a comprender y a provechar, en lo esencial, durante 3º de ESO. En cambio, si lo recomendamos para 1º de Bachillerato, por medio de una edición adaptada, como la de Eduardo Alonso para Vicens Vives, notaremos un cambio sustancial en algunos de nuestros alumnos, pues llegará, incluso, a despertarles la curiosidad por otros títulos de la misma época.
Para terminar, no quisiera dejar de lado “El niño con el pijama de rayas”. Ya le dediqué dos entradas extensas en “Aguja de marear”, mi blog, por lo que no añadiré mucho más. Cuando me refería a que no hay que incorporar literatura comercial a cualquier precio pensaba, precisamente, en este libro. El profesor, como mediador, tiene la responsabilidad de seleccionar los títulos que dará de leer en clase en función de su calidad e interés, pero sin dejarse cegar por campañas editoriales ni por (falsos) cánones. La novela de Boyne, dentro de la literatura comercial, no es un ejemplo de calidad, aunque todavía no haya constituido ningún “canon”, porque resulta tan inverosímil que menosprecia la inteligencia del lector (y la de los niños en particular); recrea, de forma deficiente, un contexto histórico determinado sólo para alimentar la más profunda morbosidad; y sin desestimar que este sentimiento, por su parte, es manipulado de tal forma que, lo que entendemos como una cruel historia de venganza, termina por promocionarse como una bonita historia de amistad interracial, pero de final malogrado.
Personalmente, prefiero que mis alumnos lean títulos de literatura comercial mejor escritos y que tengan la amistad como un fin en sí mismo, a que lean “El niño con el pijama de rayas” y crean que la amistad es un medio para lograr otros fines más oscuros.
Gracias por tu paciencia, Felipe.

5 comentarios:

Eduardo Larequi dijo...

He llegado a tu blog, Héctor, a través del comentario que has hecho en el de Felipe Zayas. Interesantísima tu bitácora, que hasta ahora desconocía.

Prometo excusar esta falta imperdonable con un seguimiento frecuente, y desde luego con el correspondiente enlace en el blogroll de La Bitácora del Tigre.

Héctor Monteagudo dijo...

Gracias, Eduardo. Falta imperdonable la mía por no haberte enlazado antes. Espero que sea el principio de una colaboración mutua entre "Aguja de marear" y "La Bitácora del tigre".
Por cierto, me voy a permitir la licencia de corregir la redacción del post que escribí para "Darle a la lengua", pero sin alterar su sentido.

marian dijo...

Vaya, qué casualidad, parece que nos hemos puesto de acuerdo para hablar del libro...
No estoy muy de acuerdo con tu opinión, aunque antes de leerlo pensaba así. Creo que proporciona una visión del holocausto muy ingenua, la de un niño, pero no por ello creo que sea poco creible. Es más, creo que ese "juego" es algo que hace que el libro guste a los adolescentes, y si algo sirve para que los chavales lean no creo que sea malo del todo ¿no?

Felipe Zayas dijo...

Vaya por delante mi agradecimiento por el comentario tan elogioso que haces de mis cosas.
En cuanto al articulo de mi blog que ha suscitado el tuyo, veo que no escribí con mucha claridad. Lo intentaré ahora.
Yo no pretendía hacer una crítica ni negativa ni positiva del famoso betseler. Lo que quería decir es que la utilización de este tipo de obras en la clase de literatura sólo se justifica si nos ayuda a introducir a nuestros alumnos en el conocimiento de convenciones literarias que considero necesario en un lector competente. Y me parecía que los capítulos iniciales son bastane útiles para abordar la cuestión de la perspectiva narrativa. Un narrador externo adopta el punto de vista del niño para presentar personas, lugares y hechos. El lector va por delante del niño atisbando el horror que éste no sospecha. Me parecía que este tipo de observaciones dentro de lecturas compartidas en el aula es lo que hace avanzar a los niños y a los jóvenes en su competencia como lectores de textos literarios.
Por lo demás, tengo el libro todavía a mitad. no puedo por tanto ir mucho más lejos en mis juicios sobre la obra.
Saludos.

Héctor Monteagudo dijo...

De nada, Felipe; no son elogios, sino realidades (de hecho, hace poco más de un mes que compré "Secuencias didácticas para aprender gramática", de Editorial Graó, y me pareció muy interesante el apartado de sintaxis).
Sobre Boyne, tal vez te malinterpretase; en cualquier caso, estoy seguro de que hay infinidad de títulos (también de la literatura comercial) que ejemplifican mucho mejor este uso de técnicas narrativas, y sin recurrir al morbo. Por otra parte, Boyne la utiliza de forma chapucera: la novela está narrada en 3ª persona del singular, sin necesidad de un personaje testigo que participe de la trama y enmascare al narrador, aunque con la facultad, un tanto limitada, de describir los sentimientos de los protagonistas (lo que podríamos denominar un narrador omnisciente clásico: cómodo para el escritor y supuestamente objetivo). A esta visión de la realidad se le aplica el falso perspectivismo desde la óptica que se atribuye a un niño, que corta como una cizalla el flujo de información hasta aparentar que el narrador es deficiente. Lo malo es que al final (lo siento, Felipe, por desvelarlo)es que este engaño sobrevive al niño, su punto de referencia para esta perspectiva, lo cual es del todo inverosímil.
No me extiendo más, porque creo que estamos invirtiendo más tiempo en comentarlo que el que invirtió su autor en escribirlo.
Gracias nuevamente por tu comentario.

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