martes, 5 de mayo de 2009

Sobre "La puerta de servicio" de Elvira Lindo

Desde que terminé el Diploma de "Cultura, lectura i literatura per a infants i joves" de la U.V., recibo, como el resto de mis compañeros de entonces, varios correos diarios de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Por lo general, estos e-mails tratan de cursos que se celebran en Salamanca, algunos semipresenciales, sobre todo de TIC, información sobre la concesión de premios literarios, días señalados o novedades editoriales de LIJ, a través de sus ya famosos catálogos. Pero, de vez en cuando, su contenido sólo tiene el mero propósito de alimentar nuestra curiosidad sobre asuntos menos formales.
Tal es el caso del mensaje que acabo de abrir, en el que, tras una escueta recomendación, cita el enlace URL de la edición digital "El País", del 3 de mayo, hacia el artículo de opinión "La puerta de servicio", de Elvira Lindo. A partir de la noticia del cierre del suplemento Pequeño País, nuestra escritora echa la vista atrás, pues recuerda que fue allí por donde llegó a trabajar en este periódico, para adentrarse, poco tiempo después, en la escritura literaria con Manolito Gafotas. En otras palabras, sus comienzos fueron por la "puerta de atrás" del periodismo y de la literatura, por lo que sentía cierto reparo, de "humildad" lo califica, a la hora de confesarlo públicamente, sobre todo a otros colegas escritores. Por otro lado, también sentía un orgullo natural, ya que su vocación se forjó en su pasado lector de novelas juveniles, como Mujercitas, Guillermo Brown o los libros de Enid Blyton. Este recuerdo, algo más lejano, le sirve, en primer lugar, para criticar la lista de títulos que elaboró su periódico hace un tiempo, mediante la pregunta a varios escritores consagrados sobre los diez libros que habían sido "esenciales" en sus vidas. A pesar de que se lo atribuye a Babelia, cuando en realidad fue publicada por la revista "El País Semanal", del 10 de agosto de 2008, con la portada de "Cien escritores en español eligen los 100 libros que cambiaron sus vidas", algunas de sus observaciones son válidas, en especial, la de la casi total ausencia de LIJ. Comparto la suposición de Elvira Lindo de que la mayoría de los entrevistados mintieron acerca de sus gustos literarios para salvaguardar su prestigio, pues resulta inimaginable que ningún niño entienda a Proust o a Joyce, como bien argumenta, y que le marque de por vida. Sin embargo, también creo que no todos los libros esenciales para un lector se localizan en ese periodo, ni tienen la obligación de responder a ese requisito sentimental de "ir de los ojos al corazón, de los ojos a la risa, de los ojos al miedo", como lo define esta autora. Es posible que algunos fueran seleccionados por su calidad, estilo o tratamiento de un tema específico, condiciones necesarias para suscitar el placer intelectual en el lector adulto. La segunda utilidad de esa evocación del pasado lector es la alabanza hiperbólica del Pequeño País, que Elvira Linda desea perpetuar en la memoria de su hijo, tal y como le ocurrió a ella con la Literatura Juvenil, por medio de la emoción con que se asocian ciertas imágenes de la infancia.
Sobre este artículo pueden extraerse varias lecturas. La primera es que la LIJ se sigue considerando un género menor, incluso por los propios autores, que vadean ese sentimiento de inferioridad gracias al éxito de ventas, en algunos casos, y al reconocimiento de su público lector, que no duda en agasajarlos públicamente cuando se les da la ocasión. En segundo lugar, no es sólo un género que suma lectores, sino que mantiene su fidelidad más allá de las fronteras inevitables de la edad, por lo que también fomenta el hábito lector de por vida. En tercer lugar, sólo disfrutan de los dos puntos anteriores los escritores que saben establecer profundos lazos sentimentales con sus lectores a través de sus obras, pues son los únicos que dominan el arte de sobrevivir al olvido de la edad adulta.


2 comentarios:

Lu dijo...

En mi casa, la desaparición de "El pequeño país" ha supuesto un derrumbe emocional para el más joven de la casa. Todos leemos la prensa y él decía que también. Y era cierto. Ahora no encuentra páginas de ese formato que le interesen.
Cortar las alas a las iniciativas para un público infantil y juvenil no es precisamente una forma de educar al futuro lector (de prensa).

Héctor Monteagudo dijo...

Siento la tardanza en contestarte, Lu. La verdad es que no lo había contemplado desde la perspectiva del hábito lector de prensa. Cuando era niño, mi padre solía comprar "El País" los fines de semana y más de una vez habré leído el "Pequeño País". Quizá fuera un factor importante para aficionarme a la prensa diaria, uno de los mejores momentos del día, si tengo ocasión. El problema, como muy bien has apuntado, es cómo se pueden educar futuros lectores que aseguren la supervivencia de este medio de comunicación para informarse sobre lo que ocurra a su alrededor, desde una perspectiva crítica.

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