domingo, 18 de octubre de 2009

¿Enseñamos una sola forma de lectura?

¿Por qué se enseña una única manera de leer si los lectores usan modalidades diversas en función del objetivo propuesto?

No estoy convencido de que se enseñe una única forma de leer. Desde el momento en que trabajamos distintos tipos de textos en clase, estamos practicando técnicas de lecturas diferentes para cada uno.
Un ejemplo clásico es el referido a los contenidos literarios a través de un libro de texto. Por un lado, disponemos de varios textos teóricos que pertenecen al ámbito de uso académico o humanístico, y cuya finalidad es transmitir una serie de conceptos de forma objetiva. Por otro lado, encontramos textos del ámbito literario, que en la mayoría de los casos siguen las convenciones de más de un género tradicional (lírico, narrativo, teatral…) y que están enmarcados en un contexto histórico, social y artístico que condiciona su interpretación. Sin olvidar que la intención con que fueron escritos es subjetiva y, a menudo, ambigua, como ocurre con El libro de buen amor o La Celestina.
En consecuencia, las técnicas que se aplicarán a los textos académicos pretenderán relacionar, ordenar y seleccionar la información relevante de la que no lo es mediante el subrayado, los resúmenes, las anotaciones de las ideas importantes a pie de párrafo, los esquemas, los mapas conceptuales, la definición de la terminología o la búsqueda de datos adicionales que la complementen. Los textos literarios, en cambio, tratarán de deslindar la intención del autor de su contexto histórico y aplicar los conceptos que se han adquirido en los textos académicos. Las técnicas que se aplican varían en función del género literario del texto, las secuencias textuales que lo integran y el enfoque metodológico que adoptemos. Así, nos valdremos tanto del análisis métrico o de los recursos literarios, como de la definición de la estructura interna, la articulación de sus partes o la lectura dramatizada, en voz alta, y la recreación personal mediante la escritura creativa que tome ese texto literario como modelo.
En definitiva, no se suelen trabajar textos de un único ámbito de uso y una sola finalidad en la clase de Lengua Castellana y Literatura, lo que condiciona formas de lectura distintas y la utilización adecuada de diferentes técnicas.


La escuela enseña a leer y a leer para aprender, ¿pero enseña a leer para leer, es decir, la dimensión lúdica, independiente y personal de la lectura?

La respuesta a esta pregunta depende de muchos factores, como el carácter, las creencias profesionales y la formación del profesor, los hábitos, gustos y situación, tanto personal como académica, de cada alumno, la selección y naturaleza de las lecturas, y el material disponible, que incluye los recursos económicos y la gestión del espacio, sea el aula o la biblioteca, como lugares propicios para la animación lectora.
Sin embargo, estoy de acuerdo con la generalidad de que la mayoría de los profesores de Secundaria y Bachillerato estamos constreñidos por una avalancha de contenidos que nos limita mucho el número de sesiones que desearíamos dedicar a la lectura por placer, aunque esté presente en los objetivos generales de cualquier legislación. Por otra parte, esos mismos contenidos obligan a una selección de textos literarios, mediante criterios historiográficos, que suelen contaminar las lecturas obligatorias y que el alumno no llega a disfrutar, porque no las comprende del todo, las siente como extrañas, un trabajo escolar, y, en ciertos casos, suscitan en él frustración y rechazo hacia la literatura. El alumno, por su parte, acostumbra a recibir información por canales distintos del papel, ya sea por la televisión, internet o los videojuegos, hecho que sitúa los libros como una fuente secundaria de percibir la realidad, pues resultan menos atractivos y suponen un esfuerzo mayor respecto a sus competidores multimedia. El profesorado tampoco puede solucionarlo tan fácilmente, ya que partimos de una formación libresca que se abre como un abismo ante los adolescentes, lo que conlleva un problema de comunicación del que no somos conscientes hasta que los evaluamos.
El viejo debate sobre la obligatoriedad o no de las lecturas es otro factor que tener en cuenta. Desde que Daniel Pennac publicara Como una novela, las voces que criticaban el viejo sistema de las lecturas prescriptivas y el control de lectura han cobrado fuerza. La tesis de que la imposición mata el placer de la lectura y que debemos “dar de leer” a nuestros alumnos ha seducido a muchos compañeros, pero no hasta el punto de abolirlas por completo. La mayoría de los departamentos de Lengua y Literatura prefieren la solución tradicional porque conlleva menos esfuerzo y menos quebraderos de cabeza. La selección de lecturas tampoco sale mejor parada, porque prefieren los clásicos, en ocasiones no adaptados, a la Literatura Infantil y Juvenil, aun en Secundaria. Los menos, entre los que me incluyo, abogamos por una solución híbrida, que combine lecturas voluntarias y prescriptivas, amparadas en los criterios de variedad, interés y actualidad, acompañadas por actividades que fomenten la lectura y que sean evaluadas por instrumentos distintos del control de lecturas, aunque esto no siempre es posible. No soy partidario de aplicar el modelo de Pennac, porque no conozco ningún centro en el que haya funcionado, ni siquiera que lo hayan puesto en práctica; ni creo que nuestros alumnos tengan la madurez suficiente para seguirlo, como he argumentado más arriba; ni estoy totalmente convencido de la inconveniencia de las lecturas obligatorias, pues las estadísticas demuestran que niños, adolescentes y jóvenes constituyen el sector de la población que más lee, un dato que contrasta con la creencia popular y que reconoce los méritos del sistema educativo, aun con todos sus defectos.
En conclusión, la escuela sí puede enseñar el leer por leer. La cuestión es que los profesores, los alumnos, los departamentos y el sistema en sí pongan los medios necesarios, elaboren protocolos de actuación comunes, como los planes de lectura, que además acentúen la coordinación entre profesionales de distintos niveles, entre docentes, alumnos y padres, y, a su vez, entre las Administraciones y ciertos organismos externos, como fundaciones o bibliotecas. Hasta entonces, la enseñanza de la lectura por placer será una opción personal de cada profesor, pero también de cada alumno.

2 comentarios:

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

En esta serie que se corresponde a tus respuestas al curso "La educación literaria en los nuevos currículos", si no me equivoco, veo un problema de fondo. Las preguntas parecen destinadas no ya a que como docentes reflexionemos, sino incluso a que nos demos cuenta de nuestros errores por trabajar ciertos contenidos o emplear diversas metodologías que están desfasadas. No lo niego del todo, pero ¿hasta qué punto se nos puede responsabilizar de transmitir ciertos contenidos a los que nos obliga la ley? ¿No sería más sensato comenzar por reclamar de las autoridades educativas (ay, si se dejaran) un currículo coherente y mesurado? Cada nuevo currículo añade a los contenidos consolidados para cada curso una buena porción más de ellos, con lo cual siempre son inabarcables. ¿Hay que trabajar distintas formas de lectura? Por supuesto: hace años, desde las tesis de Cassany, que está más que argumentado. Pero... ¿a costa de qué otros contenidos?
Tal vez puedo estar equivocado y el curso en el que surgieron estas preguntas no iba por ahí, pero me temo que muchas veces se nos intenta responsabilizar a los docentes de cuestiones que se nos escapan de las manos.
Perdón por el exceso en la parrafada. Un abrazo.

Héctor Monteagudo dijo...

Es posible que incida en ciertos errores metodológicos que supuestamente cometemos los docentes, desde el punto de vista de las nuevas orientaciones pedagógicas. Así lo intuí en un principio,aunque respondí desde la premisa de que esa metodología "novísima" también degenera en dogma y, lo que es peor, choca directamente con la realidad de las aulas. Un ejemplo bien claro es Pennac, a quien se erigió como gurú de las modernas políticas de fomento de la lectura, sin que la aplicación radical de sus tesis haya generado nuevos lectores. En este artículo lo que defiendo es una solución híbrida que integre lo nuevo con lo tradicional, pues la metodología también es víctima de las modas, y lo que hoy es pecado, mañana puede ser el bálsamos de Fierabrás.
Sobre la acumulación indiscriminada de contenidos en los currículos oficiales, es un asunto complicado que debería encontrar una salida en la distribución por niveles y no en la repetición tediosa de conceptos curso tras curso. En este sentido, empezaría por desgajar, de nuevo, la literatura de la lengua para frenar su condición de hermana pobre, sacrificable en aras de la tiranía de la gramática, y restituirla, de esta manera, en el lugar que merece en nuestros planes de estudio. Entonces, tampoco habría ninguna polémica sobre el tiempo dedicado a la lectura en clase.
Como ves, también me da por las parrafadas, qué le vamos a hacer.
Un abrazo, amigo, y felicidades por tu libro de poesía. Lástima que Sevilla me quede todavía tan lejos, aunque prometo hacerme con él.

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