lunes, 27 de julio de 2015

Iqbal Masih, según Miguel Griot

Iqbal Masih. Lágrimas, sorpresas y coraje es una novela comprometida, impactante y asequible a un amplio número de lectores.
La historia real de Iqbal Masih, desde su venta como niño esclavo a una fábrica de alfombras de Lahore (Pakistán), para que su familia pudiera pagar la boda de su hermano; su liberación gracias al BMM (Frente de los trabajadores de ladrillos, fundado por Ehsan Khan) y el malogrado final que tuvo en 1995, por su ferviente activismo en contra de la explotación infantil, en todo el mundo, inspira tanto el argumento como los temas y valores que transmite el libro.
A pesar de lo que pudiera desprenderse del subtítulo, de otras obras similares y de la dureza de la historia de su protagonista, el tratamiento por el que opta Miguel Griot huye del tremendismo, de la lágrima fácil, de un intimismo confesional que pudiera empañar su verdadero propósito, la denuncia de la esclavitud infantil en los países pobres mediante una nueva reivindicación del ejemplo de Iqbal Masih. Para ello, se sirve del enfoque documental y de las voces de todos aquellos que conocieron al protagonista, que relatan sus recuerdos, sus vivencias compartidas, en breves intervenciones que, en el caso de los personajes más relevantes, vuelven a tomar la palabra para asegurar un esquema lineal de la trama. Esta polifonía no acoge, hasta el final, el discurso directo de Iqbal, sino que traza su retrato como el negativo de una fotografía, como el molde en escayola que permitiría crear varias copias de su figura. Las opiniones de los personajes secundarios, muchas derivadas de anécdotas, sobre todo antes de la fábrica y durante su etapa de activismo mundial, objetivo predilecto de los medios de comunicación de entonces, le restan gravedad y dramatismo al tema para devolver la condición de niño, la más humana de todas, a quien la había perdido a manos de la ignorancia, la codicia y la crueldad.
El estilo, por su parte, no es ampuloso ni retórico para no perjudicar la transmisión del mensaje ni excluir, por tanto, a muchos lectores. Busca la sencillez, la claridad y la concisión, pero sin escatimar en referencias bien documentadas sobre la vida en Pakistán o las costumbres de los países a los que viaja. También es cierto que se observa alguna licencia, como ciertos modismos y expresiones coloquiales que se filtran en las conversaciones entre los personajes infantiles y juveniles que campan a lo largo de la novela, que tienen como finalidad que los lectores adolescentes se identifiquen emocionalmente con ellos y se sientan cercanos a la historia. Este rasgo de estilo, junto con la brevedad de los capítulos, la harían apta no ya para alumnos de 15 años, sino para algunos aficionados a la lectura de primer ciclo de Secundaria, que no hallarán en la multiplicidad de voces un obstáculo, sino un estímulo, un reto que hace más interesante una historia que traspasa los límites de su mundo cotidiano.
Iqbal Masih es más que una novela con un tratamiento sorprendente; más que un homenaje sentido a la trágica historia de un activista precoz en defensa del derecho a la infancia y en contra de este capitalismo feroz que esclaviza a los hijos de los pobres para que viejos ricos hagan negocio; es un canto a la vida, al dolor, a la amistad, a la justicia, a la solidaridad, a la necesidad de cambiar el mundo y a la dificultad de conseguirlo, que encarnó un niño de Lahore, un pobre tejedor de alfombras, llamado Iqbal Masih.

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